viernes, 8 de mayo de 2015

Coco por Liebre





COCO POR LIEBRE


Las murallas de piedra, en aquel hotel, eran tan gruesas que bien acompañadas de un profundo sueño, y de estallar una bomba allá afuera, la Chiquis, en el supuesto de que despertara, pasadas ya las tres y media de la tarde, interpretaría el incidente como si se les hubiesen reventado cinco o seis globitos de gas a unos niños, perdidos en el pasillo penumbroso.
Bocabajo, un grado y medio más despeinada de lo que dictaba la moda entonces, para cualquier cortesana consentida de la región; transpirada en seco gracias a uno de esos secretos de la profesión; digamos detalles que, hasta la fecha, suelen alertar a las esposas poseídas de un celo enfermizo; con todo y que era un mes de julio, en el centro de Santiago de Chile.
Las siete u ocho frazadas escurriéndose sobre la cama, como un pantano en avance premonitorio hacia el suelo, todavía le protegían la nuca de esa sensación que, a ratos, la hacían tiritar para luego quejarse del bochorno provocado por el alcohol; dándole al rostro, hinchado sobre todo en las sienes, perfilándose al vacío, el presentimiento inconsciente del ahogo. Pero ese delicioso estertor, definitivamente femenino, que desde antes del inicio de los buenos tiempos, digamos que parecía rescatarla de la cotidiana tragedia: sutil toque rococó en cada suspiro, bien envuelto en un do pagano que a ratos se convertía en mi bien silbado desde su garganta, roncando en los enormes pechos ya no tan duros; en perfecta armonía con el austero decorado de la habitación; del gigantesco inmueble que en otros ayeres se cansara de ensalzar, en sus balcones, la lozanía de adolescentes exquisitas con todo derecho a heredar la sucia fortuna de uno o dos españoles decadentes; cuando la construcción completa representaba un bello ejemplo del neoclásico con caprichosos detalles barrocos que, después de las groseras maromas arquitectónicas del siglo veinte, ahora acogía a la Chiquis reivindicando sus notables resacas, una tras otra, en un semi vacío bodegón rectangular de techo alto. Las vigas, desnudas de pintura, con la indiscreta picazón en sus entrañas de las termitas, lo envolvían todo en un tono ocre tristísimo por la mañana, naranjo brillante en el crepúsculo del último piso, en su penthouse personal, escurrido de lluvia todavía ayer; con esa extraña sensación de inmensidad a quien osara despertar ahí.
Madera del techo tan fatigada de sostener, en sus rincones, las telarañas empolvadas y a ratos ondulantes por culpa de una ventana apenas abierta; como reminiscencias de los velos de las jovencitas vírgenes de antaño. Siempre había por ahí alguna nueva, bien restirada, esperando a recibir su herencia de moscas y zancudos, camuflándose en algún recoveco. La dueña, una arañita insignificante pero hambrienta, madura, observaba con curiosidad a la forastera Chiquis, pues hacía más de una semana que ese cuarto no era abierto hasta antes de anoche, preguntándose si valdría la pena bajar por su hilo para morder, o mejor alargar la paciencia con una de las postreras moscas de la temporada que, de tanto ir y venir en su vejez, el insecto había provocado que el quinto sueño de ella bajara hasta el nivel básico del primer pestañeo en sus ojos sucios.
El fino pincel del sol no tardó mucho en convertirse en brochazo grosero, filtrándose frío desde la altura de la enorme ventana, entre el par de cortinas corridas con desgano hasta el espejo del gran tocador rupestre, despojado de todo frenesí. La gran luna, biselada, parecía expresar en armonía la realidad nítida ahí dentro. Ángulo perfecto, sin necesidad de cálculos logarítmicos, entre la luz y el reflejo intacto, para un claroscuro de su silueta; lográndose así el relieve de la cadera un tanto tosca, hasta la ideal curvatura de la espalda escondida, aun cuando el pesado pantano ya había avanzado varios centímetros.
De pronto un muslo carnoso, completo, moreno. Es en la rodilla izquierda, con la redondez de un mango del Ecuador, donde el sol se deleitaba, desbandado, erótico; matándola de nueva vida, porque eso que escuchó, cuando la mosca vieja, peluda, le hizo cosquillas en el pulgar del pie, no fue un globito de gas. Al menos logró que se moviera al fin, incorporándose a la rutina, más de fondo que de forma; repasando, en su mente nebulosa, el profundo y largo descanso entre el cuarto sueño que tuvo: una aldeana, bolso en mano, cobrando los servicios prestados a  siete enanos que la sometían dentro de una mina de carbón, al pie de cualquier montaña coronada por blanca nieve; y el quinto y último: era una sargento de la Revolución Cubana: cuando al fin le tocó el turno de ofrecerle su mano de uñas rotas a Fidel -recordándolo todavía-, de pronto el Ché la tomaba de los hombros; y esa maldita mosca dando lata, hasta que Ernesto fue a dar de bruces por el fuerte codazo de la sargento, al lado de  la almohada, en el piso frío de la habitación -ella lo buscaba a través de sus legañas salvajes-; entre otro inesperado estruendo acompañado de cierto eco momentáneo, que bien podría haberse interpretado como gran explosión lejana, más alla del cansado, profundo bostezo, repleto de pisco de primera calidad; y las ganas de desalojar, dicha sea la verdad de cualquier princesa, la tremenda cena de anoche.
Ya era hora de que el espejo del tocador la patrocinara gratis, como a una Cleopatra madura con un seno al aire. Esplendoroso el perfil de su espalda en la luna y el intruso sol en bajada; la visión vidriosa a más no poder darse cuenta de que, tal parece, todo iba bien; burlándose de sí misma al evadir, por costumbre, el día anterior que a nadie le importará jamás; mucho menos a ella. Incluso las flores que le obsequiaron, ramo macizo, bien amarrado su aroma extendido hasta por debajo de la cama.
Ella aún no las descubría. Merecidas gardenias de importación por puro capricho de ser la mejor; con las que, generalmente, un director  suele ser más espléndido que un ministro; pero qué le vamos a hacer, cada uno sube los escalones según la necesidad de cada quién. El escalafón oficial consiste en esto: si ves para arriba, busca una buena cajita de regalo; si ves para abajo, espérala.
Vaya que hizo méritos la Chiquis para ganarse su ramo. Ahí estaban, viendo hacia todas direcciones las flores abiertas dentro de las jarra de agua, desbordando su derrota los pistilos. Una que otra gardenia aplastada contra la pared. Se veían más claras en el espejo: marchitas.
¡Pero si anoche lucían maravillosas!

Se cayó de la cama al voltear apenas la cabeza en busca de ellas, arrastrada por el maremoto cenegoso de las frazadas; retirando de sus pupilas el manojo completo y  de su mejilla un par de pétalos secos, estéticamente acomodados sobre la alfombra nueva, misma que hacía las veces de un tigre mal parido; no por las pintitas sino debido a las manchas plegosteosas de interminables veladas; invitándose a sí misma, como profesional que era, a repasar sin prisa su agenda pasada:
-A ver, fuimos allá... ¿O fue el miércoles?... "Los Canallas", el pernil que el guatón se tragó... No, era... ¿"El Hoyo"? Ahí estaban los barriles y hasta el abogado ése que se embarró la corbata -pensaba con imágenes que, en su cerebro, parecían de ultratumba- ... ¡Oh! -la experiencia le indicaba que debía esperar media hora, al menos, para construir el rompecabezas completo. No había apremio de su parte; además nunca le fallaba la memoria; tampoco la desafortunada pesadez de la nuca. Total, para ella era lo mismo contratarse con un minero del norte, el secretario de un director o el limpiabotas del ministro, mientras hubiera plata y capullos por florecer; que por cierto no era lo mismo a gardenias y un cheque sin fondos, ni forma de cobrarlo.
"Mañosos de mierda".
Entre las encendidas manchas del sol, amenazando con rozar las vigas, y ese tono muerte de sus flores, ya eran las cuatro y tantas aletargadas. La arañita, como en una caricatura de la Pantera Rosa,  seguía esperando con siglo a la solitaria, enorme, jugosa mosca, a cada momento más lela, escondida ahora entre la herrumbre carmesí.

Las nalgas de la Chiquis seguían siendo, lo que sea de cada quién, las nalgas de la Chiquis. Como dice Sabina: "me trajeron hasta aquí tus caderas, cariño, no tu corazón".
"¡No me lo recuerdes, imbécil!" - sacudiéndose el largo cabello negro al terminar  de ducharse; escuchando, entre las últimas gotas que escurrían, un tanto preocupada, otro estallido; uno más que interpreta, mareada sin remedio, como fuegos artificiales...
"¡Y claro que fue en "El Hoyo"! ¡Ándate lejos, rusio!" - el agua verdosa, enmohecida de la jarra de agua, en un extremo del tocador, se transformó, súbita, en  laberinto de humillaciones con visos de cierto empresario gringo que no volverá a ver nunca, afortunadamente para ella.

Después de cerrar las dos puertas interiores de la única, gran ventana, colocando el pesado seguro al pie, a través de un largo, oxidado rechinar del pestillo,  replegó hacia ambos lados las pesadas cortinas para que quien quisiera verla lo hiciese, desde allá abajo, envuelta en su toalla blanquísima, almidonada, de cuerpo completo; como marco insustituible en la escena el crujir de los pomelos secos; sonriéndole de nuevo, romántica, fantasiosa, al eterno local de la sastrería de enfrente, de un solo piso; y a su padre al recordarlo, alguna vez, pagando por un sombrero de señor, como fantasma bonachón, alegre y tonto, ahí donde ahora se vendía maní con pasas y café bien negro -que más bien era trigo argentino tostado.
El olor que despedían los sombreros, las frituras de por allá y una mezcla de cuero, gloria y caca de perro que nunca nadie sabía quién recogía, porque lo hacían los mismos comerciantes.
Las veredas siempre estaban limpias -seguía memorando los tiempos de su mocedad-. Y el local de telas, rumbo al río Mapocho, donde le regalaban la paleta de caramelo, por ser tan bonita.
Le agradaba a la niña crecida pasearse al frente de la antigua sastrería, con el pretexto de comprar una bolsa de maní, nueces o semillas de girasol. Para entonces ya resultaba fuera de toda cordura seguir idealizando al viejo; tan inútil era el pobre que la mamá fue quien la puso a trabajar desde un principio. Papá había perdido las coordenadas antes de encontrarse con ellas dos.
Mientras él se regodeaba por las calles con su nuevo sombrero de fieltro, con listón negro y una coqueta plumita que el viento le hurtó la primera tarde; ladeándoselo el señor según le ordenaba la hora del día, bendito entre las "vendettas", la hija lo hacía a su manera, camuflada, en busca del vino barato para el pobre hombre -siempre tan conforme de no ser nada-, allá por la calle Bandera...
Así, solitaria, de la ventana hasta la cama, del espejo a escupir algo en el WC, se le escapaba otro suspiro sin do ni mi o forma de creerle su propia historia. Sin ton ni son; mucho menos aire acondicionado para ponerse las medias.
A la Chiquis se le estaba haciendo tarde.

Sabía que si no quería pasar un mal rato era menester conseguirse  dos tragos de tinto, al menos;  y un par de brazieres, de esos novedosos que habían llegado últimamente, que levantaban el orgullo, el cartel, las finanzas. La estima, sobre todo.
¡Otra descarga allá afuera!... ¿O son disparos? ¡Cuántos, por Dios!
-¡No es mi culpa! -gritó la Chiquis entre el momentáneo eco provocado por las altas murallas, polvoreándose el pubis y más allá. Respiró profundo, en actitud de fracaso- ¡Entiéndanlo, no es mi culpa, weones!; pero reconozco que es mi problema, maldita sea. ¡El próximo ministro del Interior será un...!
Y a obrar como se debe, damas y caballeros, porque las adas sí existen, y saben sentarse sobre un escusado como cualquier cristiano. -Las mejores del gremio suelen esconderse después del ocaso, deseando no ser encontradas jamás; pero nunca lo logran.
 Lo que seguía era presionar la palanca, sin entender si lo que sentía, al ver esfumarse "todo aquello", entre el remolino de agua, era un despojo más o la ansiada liberación.
Ahora sí, había llegado el momento de repasar la agenda mental de la semana.

Ojalá llegue el día en que un narrador serio de esta ciudad tome nota de las adas, memorables en bondad y traviesas de su propia fortuna; echando mano, incluso, de los anales de siglos anteriores -que O'Higgins y Portales, por poner un ejemplo, las evocaron, en racimos de rosas y hasta claveles en algún sepelio-. Digna, una que otra, de modificar un renglón en los libros de la historia oficial chilena; y que hoy leen, ¿apasionados?, los alumnos del Colegio Nacional; de todo el país.
Sin sospecharlo siquiera, la juventud chilena de finales del siglo XXI tendrá también el germen enraizado, en su memoria, de las peripecias de un puñado de gnomos, con la personalidad suficiente  para usar colonia barata y eyacular precoces.
Crucemos los dedos. El History Channel, o su equivalente virtual, o como se le llame en aquel lejano entonces a lo que hoy comprendemos como internet, nos hablará de la querida Chiquis.


Por lo pronto a tomar un taxi  hasta el Barrtio Alto, porque es ahí donde la dicha de la lucha vale la pena, con la espalda dolorida de tanto traer la espada desenvainada; la cartera vacía. -La Chiquis hubiera sido la amante perfecta de un Maquiavelo chileno nacionalista, que todos seguimos esperando.
¿Se lo dijo el Ché, al caer sobre él -sobre la almohada, durante el sueño-, o el gringo ése, hace unas horas?: “en tus anhelos hay asperezas porque todavía no entiendes cómo son las cosas, mi vida. Te obstinas en ser buena. Concédeme este favor y te convierto en leyenda neoyorkina. Haz todo lo que puedas, linda Chiquita, por cumplir con lo que te he encargado, ¿ya?”
Ese cerdo lampiño, lleno de estrías, con aliento anestesiante, parecía tener un vocabulario más amplio que cualquier chileno medio. Afortunadamente para el país la Chiquis nunca perdió su chilenidad, el patriotismo; tan distinto a ser simplemente patriotero.
No había visos de lluvia; pero ¿por qué no pasaba ningún taxi? que hasta una solemne banda sinfónica le daba duro al asunto, con bombo y platillo, por allá, en la Plaza de Armas.
Ya mañana se conformarían en el Barrio Alto con su presencia; que eso de hacerse de rogar nunca da mal resultado: más ganas del cliente y hasta aumenta la confianza, la ganancia por parte del regenteador. 
Cambio de planes: un buen trago en el nombre de Padre -que su espíritu casi santo se lo exigía- y a curiosear un rato, a ver qué demonios sucedía allá abajo, por el Paseo Estado según sus cálculos, ubicándose al fin los oídos que le seguían zumbando.
El frío, la resaca, le presagiaban una dura noche.
Al cuidado del ajeno mirar toda su fresca figura. Elegancia con un poquito de pimienta bien erguida que hasta parecía que se le deshinchaba el rostro, con esa pañoleta verde cubriéndole el pesado cabello recogido con pinches. Los ojos cómplices, observándolo todo sin moverlos un ápice.
Jaló de una media sin perder la figura, aprovechando que apenas había curiosos alrededor,  rasgándosele en el muslo -¡malditos inventos que llegan al sur con pésima calidad!-. Este hecho, quizás, representará  un desbarajuste de las finanzas públicas, si es que alguien se percató, y se lo cuenta mañana a El Mercurio.
Hay que entender que era mil novecientos sesenta y seis, la década de los grandes cambios sociales en el Norte, sobre todo; que también salpicaron arco iris de libertad por acá. Pero en el fondo no era tan distinta la realidad a aquella donde la mujer creció: el colchón para guardar los ahorros, tan roto que entre sus resortes amarillos hubiese cabido la reserva en billetes del Banco Central; la abuela dando por un hecho la santa cruz en su catre, en el piso de tierra de San Bernardo, en esa población donde se acababa el mundo de la Chiquita a los catorce años; antes de mudarse, de huir ella y su madre de todo lo que representaba el nuevo sombrero del padre. Ofreciéndola la mamá como una travesura más.
 Su pá, sin saberlo, se llevó todo el cariño que les tenía, junto con ese nuevo terno hasta Melipilla, donde tenía extraños negocios que nadie echó de menos cuando lo mataron por pajarón. Porque la Chiquita, con su silueta quinceañera, se iba a convertir en una mina donde los liliputenses llegarían por racimos. Hasta ese perro flaco y sarnoso la desconoció en un inicio, al salir ella balbuceante, ladrándole el cuadrúpedo a la faldita corta que, con el paso de los meses, el quiltro aceptó; que hasta le lamía los tobillos, cuando regresaba desafiante, dolorida, con lágrimas negras opacando las lentejuelas.


Aturdida, en un vértigo que parecía meterla en problemas a cada paso, llena de gusto por lo espontáneo, la sorpresa conocida, llegó hasta la Plaza de Armas, guiada en olfato salvaje y algo más que ella percibía, sin saber lo que era; enjugándose entre los restos de la lluvia de anoche esos exóticos zapatotes orientales que alguien le obsequiara, dejando ver el duro callo de sus talones de una otrora caminante errante. No sin antes haber cumplido el tácito acuerdo, costumbre de años con el recepcionista del hotel en turno, en la calle Compañía de Jesús -tradición o simple manía en su amplio currículum, alrededor de la calle París, o por Rondizzoni, Recoleta, Santa Rosa o hasta Vespucio-, uniformadito, morboso de profundo respeto ante lo que el vespertino administrador del hotel  comprendía como imposible: hacerla suya. A cambio de esto, un doble piscazo al cuadrado en obsequio a su reina, con un poco de gaseosa, o en todo caso al pelo, que le daba lo mismo a ella que la despertase la luna alta, la luna del tocador o las encargadas del aseo en pleno sol sin luna.

Vaya que hacía frío.
-¡Qué pasa aquí! -como dueña de la Plaza de Armas, olfateando ciertos perfumes de la competencia, le preguntó así a un vendedor de cigarrillos, con recio, prepotente estilo, echándose sobre la garganta el cuello de su gabardina negra y hasta la larguísima bufanda roja del gringoide.
El caballero, casi tan bajito como el bastón de madera que usaba para caminar, hizo un movimiento de cabeza digno de Winston Churchill, elevando su débil mirar, con ganas de irse a su casa y fumarse toda su mercancía; reconociendo la Chiquis que se trataba del querido Tacho, comerciante desde hacía siglos con esa voz aguda, morbosa, que sólo logran los que se han pasado la vida en las calles. Una especie de cornetín mal afinado:
-¡Inauguran la estatua, mi niña! ¡Allá! -feliz de vivir algo distinto a sus hábitos y tradiciones enfermizas que jamás se modificarían, señalando con su índice chueco hasta el otro extremo de la plaza. 
-¿Le busco un cliente, preciosa? Mire que por ahí he visto "caballones". ¡Usted me ordena, que pa’ eso estoy! -esperando su buena propina.
-¿Estatua? -respondió la Chiquis intrigada, en tono de doña, evadiendo la pregunta de Tacho; imaginándose, por un segundo, mientras prendía el primer pitillo del día en posición de brama, que era imposible que el homenaje fuera en honor del pobre zángano que alguna vez hiciera las veces de su iluso progenitor- ¿Qué estatua? -despectiva, indignada en el gesto- ¡A mí no me avisaron!
-¡El Flaco -un muchachito, otro minorista callejero, muy conocido y querido en ese tiempo al ofrecer dulces de leche hechos por su madre- dice que de don Pedro de Valdivia! -emocionado don Tacho, tal y como el Flaco se lo reveló; mientras la Chiquis buscaba, agudizando sus siete sentidos, la explicación ante semejante evento.
-Don-Pedro-de-Valdivia, ¿eh? -olvidándose de Tacho comenzó a abrirse paso, enfadada, entre tropezones, producto de lo cuadrado de ese pisco doble; recordando de pronto que uno de sus protectores vivía en la calle del famoso Pedro, en el sector de Providencia; echando un vistazo general, desde el Edificio de Correos hasta los portales y la Catedral, como domadora de fieras en un cuadrilátero.
-¡No me gusta que me jueguen sucio! -hacía mucho tiempo que no tenía que echar mano de su octavo sentido.
-¡Ejem!... Dama -se le acercó, alcanzándola pusilánime, así como no queriendo la cosa, pero sobre todo al ver el nacimiento de la media rota en su muslo derecho, midiendo cada paso en palabra canturreante, cualquier tipo bien vestido con sombrero de bombín y corbatón demasiado grueso para su cuello de alambres y sus cincuenta y tantos años-, don Pedro de Valdivia fue, permítame decírselo, quien tuvo a bien fundar esta hermosa ciudad, hace cuatro siglos. ¡Va a venir el Presidente en un rato más!...
La Chiquis entendía perfectamente quién era don Pedro; pero sobre todo sabía quién era el Presidente.  Estuvo a punto de gritar el nombre de pila de este ciudadano; pero se contuvo a tiempo.
El sujeto resultó muy osado:
 -Eh, permítame usted preguntarle, con todo respeto: ¿le gusta la idea de que esperemos juntos al señor Presidente? -la mirada en clara intensión al no poder retirar los ojos del abrigo de ella tan apretado en su pecho; rozándole el brazo pero sin poder detenerla en su frenético caminar hacia la famosa estatua, que ella ya había advertido; bombín lustroso en mano, corbatón cubriéndole la papada desbordante y parte del rostro bofo, inexistente de emoción que valiera la pena.
Todo lo anterior le hizo ver a la señora, por medio del sexto sentido, la mentira ingenua del amable tipo. Conocía a la fauna completa en esplendor y gama: cuando la fas de alguno le resultaba ajena, era cuestión de verlo a los ojos; si pareciese que su madre aún estaba viva, habría que desconfiar de que compartiera su casa con ella.
La mezcla perfecta para mandarlo lejos fueron los cinco dedos de whisky encontrados, maravillosamente, detrás de los calzones de manga larga del norteamericano, al pie de la ventana del cuarto, detrás de una silla; aunado al pisco al pelo.

Corto circuito en potencia a punto de tocar el cielo.
-¡Permisso... permisso...! ¡Oiga, hágase a un lao'! ¡Déjenme pasar!
El whisky era europeo legítimo. Los calzones, que parecían camisón veraniego de su abuela, a rayitas azules y rojas, como la manga de un Tío Sam en campaña empresaria de la Guerra Fría, lograron filtrarse por el WC hasta el caño del hotel.
Y así siguió, sin importarle los empujones que daba; hasta que frente a la Chiquis se fue dibujando la hermosa estatua de don Pedro de Valdivia. Negra toda ella.
En primera instancia se figuró que el jinete conservaba una actitud demasiado engreída; además el caballo era muy grueso, a su parecer. El tal don Pedro parecía de otro planeta, con esa solemnidad que ni Fidel tuvo en su sueño -y ya era mucho decir-, viendo hacia el poniente el fundador de Santiago, desde la esquina noreste de la Plaza de Armas.


Los fuegos artificiales se habían agotado -más bien fueron simples detonaciones sin color alguno que hicieron huir a todos los perros-. El bronce oscurecido de la tremenda estatua todavía brillaba desde el pecho del animal hasta el del jinete; obra de arte donada por los españoles residentes en Chile, hace muchos años. Un gran honor para ellos y los nuestros, por supuesto.
Se trataba de reubicar a la efigie, que por tantos años lució su esplendor en el cerro Santa Lucía.
A los perros que tuvieron las agallas para retornar también les encantó la fiesta, la halaraca que tanto aman cuando a los hombres les da por aparentar ser sencillos en el trato, transformándose en fraternales animales de confianza, como ellos; hasta en la guerra los pobres ingenuos, ladrándole a todo; atreviéndose a orinar su dicha, uno o dos de ellos, en la base rectangular del monumento.
De pronto se escuchó un grito grosero de la Chiquis, mezclándose sus decibeles al culminar su actuación el bombo y el platillo, con los de un rancio español que comenzaba a leer, al micrófono, su breve discurso honorable:
-¡Rolando!... ... ... ¡Eh, Arturo!... ... ... ¡Felipillo! ¡Pero si deben esstar aquí todos estos hijos de puta!... ¡Rodrigo!, ¡jaaaaa!, ¿tú también? ¡Levanta la mano, mierda! ¡No te hagas lesso, weón! ¡Y don Pedrito, tu invitado de piedra, que también levante el látigo porque aquí está su diosa! -ya estaba ubicada casi en primera línea, con la cabeza en espiral infinita, emocionada etílica.
"Como que ese tal Pedro es muy estrecho... ¿O no será que el caballo es guatón?" -se dio tiempo de pensar la Chiquis en un instante de mente embrujada y sonrisa plena. También se dio cuenta que la gran mayoría de las escasas mujeres ahí reunidas lucían espléndidos sombreros. Le importó poco no llevar el suyo. Ellas volteaban a verla de reojo, preguntándose quién sería aquella mujer elegante, con esa manera de moverse toda que invitaba no solo a verla sino a desearla; saludando con la mano enguantada a tantos hombres que, por casualidad, se llamaban igual que sus  esposos.
-¡Essste señor no podría con tremendo caballo! ¡De dónde lo sacaron!, ¿de una yegua cagona uruguaya? -seguía la Chiquis en tono aguardentoso, masticando una empanada calientita- ¡Y no tiene riendas!, ¡habrasse visto! -observando a la escultura desde atrás, entre los últimos aplausos de mala gana por parte de los concurrentes al haber concluido el español con su discurso, vestido de gris obligatorio, bajando cada peldaño del podium con el cuidado suficiente para ubicar, sin  éxito, ese autoritario alarido de queja de la Chiquis que no paraba.

Somerset Maughum, el escritor británico, decía que "a la mujer hay que tomarla del talle y a la botella por el cuello"; de lo contrario, supongo, si tomas a la botella por el talle, terminarás sujetando a tu mujer del cuello.
Por esto mismo la Chiquis, cuarentona tardía, se acostumbró a mantener su pescuezo lejos de las garras de cualquier semental insulso; a menos de que le pidieran un favor especial; siempre y cuando fuera sin perjuicio para su Nación.
O en todo caso, de quien concibiera a un cabalgante tan pequeño en comparación con este equino de metal, en dimensiones dinosauriodes que, por poco, con perdón del artista creador, parecía camello; y además con la parte de los genitales tan pequeña, como caricaturizado -era invierno; pero no era para tanto...
Si el trabajo, el arte de un tallista, un escultor, dándole forma a un pedazo de metal, procura exagerar las formas en nombre del arte -desde que los griegos antiguos idearon sus  estatuas exactas, sin un gramo de grasa muscular-, ¿por qué modelar ahora un caballo, con "eso" diminuto?
La mente de la Chiquis balbuceaba, intentando concentrarse, en silencio,  entre las patas traseras del animal, torciéndose el cuello por las sorpresas que veía en sus partes nobles, como no entendiendo nada. Estaba a punto de explotar -a ella la miraban, de reojo, los Rolandos, Arturos, Felipes, Rodrigos y descendencia política de cada uno; evadiéndola en forma y circunstancia de su terno, corbatas, sombreros y hasta particulares futuros en La Moneda.

Quizás Darwin, o Humboldt, ¿se habrán dado cuenta de la aguerrida  diferencia entre las moscas norteamericanas y las de Sudamérica?
Las de aquí joden, enojan, irritan, incomodan, disgustan, fastidian y hasta marean en hostigamiento, asedio, tormento, acoso; aunque uno dé cien manotazos al aire. Las del norte, en cambio, basta con una advertencia para que se olviden de molestar al parroquiano, o al señor Presidente de la República.
Recordando a la mosca que la despertara, parándose en su pulgar, allá en el cuarto del hotel, luego de un par de codazos siniestros, la Chiquis llegó al fin al lado de Arturo, murmurándole socarrona, con profundo desprecio:
-¿Por qué tanto lío con essste tío de don Pedrrro de Valdivia?, ¿eh? Tú misssmo me dijiste que... ¿Darrwin?...   supo que todosss venimosss del mono al haber vissto a los Mapuchesss... ¿o no? ¡A ver sssi lo niegas ahora, desgraciado! ¡Eres un Judas!
-¡Cállate!... -hizo una mueca nerviosa Arturo, futuro Ministro del Interior (los tíos del Norte así lo esperaban).
El que no esperaba que apareciera en ese momento la Chiquis era el mismo Arturo.
El Presidente de la República los veía a ambos, divertido, en una especie de ingenua disputa.
La Chiquis decidió abrirse como una gardenia, mandando al infierno a Arturo; no sin antes hacerle un guiño delator al Presidente:
-¡Rrrepito, no tiene rrrienda el jinete! ¡Y mírrenles los malditoss cocoss -testículos- al caballo! ¡Ssson iguales! -Arturo ya se alejaba de la Chiquis, en vano; y la esposa de él indignada, entre tremendos taconazos que más de tres voltearon a ver, como buscando a una yegua flaca entre los carabineros de a caballo.

Había concluido la ceremonia oficial. Los concurrentes invitados optaron por la fácil retirada; además del frío, no querían seguir escuchando las ordinarias, incultas intrigas de esa mujer; pero sobre todo les esperaba la apoteótica cena que ofrecía esa noche la comunidad de españoles en Chile, en un punto estratégico de la Alameda.
Segura de su poder, de la potencia de sus pestañas postizas y esa manera peculiar de maquillarse, de lucir sus labios, la Chiquis siguió adelante, con el quorum que le interesaba a ella:
-¡Denssse cuenta, mírenle los c-cocos al c-caballo, además de pequeñitosss, son igualessss! ¡Y el pico! -el pene-. ¿Alguien aquí ha visto a un caballo con "el paquete" tan poca cosssa? ¡Ja! ¡Me río en la cara del creador de sssemejante engendrrrro! ¡Póngamenlo enfrrrente y le surto dos cachetadass!
Mientras las altas esferas terminaban de retirarse, pusilánimes, sin hacer rumor alguno, el pueblo, seducido, dejó de comprar frutos secos, de bromearse entre sí para tomar los mejores lugares en primera fila, en la jurisprudencia ahí explicada, antes de que se convirtiera en delito. Querían conocer la verdad divertida, más allá de los posibles prejuicios del escultor.
Y es que era algo mejor que una verdad divertida.
-¡Ningún macccho, sobre la Tierra, tiene los dos cocoss iguales! ¡Pregúntenme a mí que en el tema sssoy experta! ¡Ni mi perr-ro, ni mi padrrre, ni mi tío, ni mis compadrres, nadie tuvo ni tiene los dos cocos iguales, p-puta la weá! ¡Y tan pequeñitos! ¡Véanlos! ¡Semejante animalón para tan pocos cocos! ¡Díganmelo ustedess! ¡Tan nalgón el caballo, señoresss! ¡A qq-uién se le ocurre!
El señor Presidente de este país, al alejarse en su auto, seguía sonriendo, encantado de su plan futuro, porque finalmente sabía, gracias a la Chiquis, quién era su desertor infame. Listo también para tomar medidas en los Felipes, Rolandos, Rodrigos y menganos malditos, que seguían aplaudiendo, por puro reflejo, al español del discurso. -El puñado de abuelitos españoles también comprendían un poco el asunto.

La verdad es que el frío calaba los huesos como para seguir escuchando a una pobre puta borracha.
 Con el paso de los días la ciudad completa se enteró, al menos, del incidente de "los cocos"; porque no hay nada más cruel que un secreto a voces gritado desde una plaza pública.
La Chiquis tuvo que pasar aquella madrugada al lado de unos carabineros demasiado amistosos. Nunca supo quién se compadeció de ella pagando la multa, desvaneciendo del expediente toda falta.
Era lo de menos.
Una semana después encontró, puntual, el último ramo de gardenias enviado por Arturo, antes de caerse de la cama y verse como Cleopatra chilenísima, con ambos senos al aire.
La lluvia interminable esforzándose en desaparecer de su rutina a la luna y el sol. La misma araña; ninguna mosca.
El Ministerio del Interior a salvo.
"Bendito sea Dios", hubiera dicho su abuela.
El pantano de siempre. Sus sueños renovados en la marraqueta rellena, ahí por donde siempre estarán los sombreros del padre.




----------------------------------- 0 -----------------------------------




De voz en voz, de mano en mano y hasta la fecha, en este país donde aún pueden encontrarse pesimistas sin causa -digamos por hábito, maña o tradición familiar:  sin haber logrado evacuar el síndrome de la Dictadura-, todavía se acostumbra pasarle una lija, pero sobre todo la simple palma, las uñas, para darle un masaje al testículo izquierdo del caballo de don Pedro de Valdivia; porque el animal puede resultar muy grande o el jinete demasiado chico; pero los dos testículos debían lucir, tarde o temprano, como marca la Naturaleza; dándole así un merecido homenaje  al semental frustrado. -Un reconocimiento invisible a la inolvidable Chiquis.
Lo anterior ha sido un gran logro, más que nada, del gremio tan unido de gandules, pícaros, zánganos, vagabundos, vendedores de droga, locos declarados, honorables separadores de latas o cartón, regenteadores de damas, damos y demás fauna nocturna en los alrededores de la Plaza de Armas de Santiago de Chile, en los últimos cuarenta y nueve años. -Tarea nada fácil, por cierto; digna de aparecer, dentro de cien años, cuando todos estemos muertos, en el recorrido turístico de esta noble, gran ciudad.
Y claro, algún chiste poético al respecto, del dominio popular:
"Que te hago cosquilllas / caballito deforme / a ver si uno de estos días / le quitas a don Pedro lo fome".

La heroína sin nombre, la creadora del mito,  sucumbió ante la gran cultura de la nada, que reina actualmente. Pero gracias a que este mundo es, paradójicamente, cíclico, seguro que la revivirán nuestros bisnietos; ojalá de la mano de un Maquiavelo nacionalista chileno que la rescate del embudo sin retorno.
Aunque por ahí, en el manicomio Open Door de La Florida, todavía logra caminar unos pasitos cierto paciente que suele dar cuenta de todo aquello, sobre todo a los locos recién ingresados -no se le escapa ninguno-. De hecho, la historia de "la tarde de los globos" la conocen hasta el cansancio la nómina completa del hospital;  porque la Chiquis se lo contó todo, durante la primavera del sesenta y siete, al Flaco, cuando todavía conservaba las pecas en su rostro y esa pícara mirada que lo descubría todo.

Las locuras de un genio y las de un simple extravagante, se diferencian en que las del primero son el producto de un temperamento, o su amor profundo; mientras que el otro se basa en la simple necesidad de llenar su tiempo.
A pesar del esmero de la Municipalidad de Santiago por borrar todo indicio al respecto, "la tarde de los globos" se ha convertido en una leyenda que ni siquiera los guías de turistas, que la conocen, se atreven a contársela a nuestros visitantes extranjeros. Tal vez porque, de hacerlo, todos ellos se sacarían la foto dándole la espalda al trasero de don Pedro y su fiel animal; transformando la anécdota en una especie de Rocinante, y en segundo término, un Quijote sin lanza.
Como hubiese dicho uno de los nazis que llegaron a Chile, pasándose media vida al frente de una ingenua dulcería:
-¡Imperdonable!


Nuestro recuerdo para ti, inigualable Chiquis, donde sea que todos crean que te encuentres ahora.
Mañana hablarán, anónimamente, los libros por ti.